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Cómo sería alimentarnos sin supermercados

  • 16 ene
  • 3 Min. de lectura


Imagina que mañana los supermercados cierran. No por una huelga puntual, sino porque las cadenas logísticas fallan, el transporte se detiene o la energía deja de sostener la maquinaria global que permite que cualquier alimento viaje miles de kilómetros para llegar a nuestra mesa.


¿Cómo sería entonces alimentarnos? ¿Qué cambiaría realmente en nuestra vida cotidiana?


La respuesta abre una puerta incómoda, pero también necesaria: nuestra alimentación depende de un sistema extremadamente frágil, sostenido por petróleo barato, monocultivos industriales y una red global que empieza a mostrar sus límites. Pensar en un mundo sin supermercados no es ciencia ficción; es un ejercicio de anticipación para prepararnos y recuperar resiliencia.


1. Volveríamos a depender de la producción local

La comida ya no vendría de otros continentes ni de huertas situadas a cientos de kilómetros. Lo que comeríamos dependería de lo que pueda crecer cerca de nosotros:

  • Frutas y verduras de temporada

  • Legumbres y cereales regionales

  • Huevos, leche y carne de pequeña ganadería local

  • Hierbas, plantas silvestres y frutos del entorno


Esto implica una dieta mucho más variable, marcada por el clima y el ritmo natural de la tierra.


2. Comeríamos menos productos procesados

La mayoría de los alimentos ultraprocesados dependen de fábricas, máquinas, aditivos y cadenas logísticas. Sin supermercados:

  • Adiós a la bollería industrial

  • Adiós a precocinados, refrescos, snacks y comida envasada

  • Adiós a la comida lista para calentar


A cambio, volverían los alimentos básicos: pan casero, sopas, guisos, frutas frescas, conservas artesanales y productos hechos en casa o por la comunidad.


3. El trueque y las redes vecinales serían esenciales

Nadie puede producirlo todo. Sin supermercados, la comunidad recuperaría su valor:

  • Yo produzco huevos, tú cultivas tomates.

  • Un vecino hace pan y otro conserva fruta.

  • Grupos de intercambio, ferias locales y economías circulares.


La autosuficiencia total es un mito; lo realista es la interdependencia comunitaria.


4. Recuperaríamos saberes casi olvidados

Para alimentarnos sin supermercados habría que reactivar conocimientos que hemos delegado por completo:

  • Conservar alimentos: secado, encurtido, fermentación, conserva al vacío

  • Cultivar la tierra

  • Criar animales a pequeña escala

  • Reconocer plantas silvestres comestibles

  • Gestionar semillas año tras año


Muchos de estos saberes siguen vivos, pero dispersos. Reunirlos será clave para adaptarnos a un mundo con menos energía y menos disponibilidad logística.


5. Comeríamos menos, pero mejor

El sistema industrial nos ha acostumbrado al exceso: comer constantemente, tener de todo, todo el año. Pero la abundancia es insostenible. Sin supermercados:

  • Se reduciría el desperdicio

  • Valoraríamos más cada alimento

  • La comida volvería a ser un bien precioso, no un producto barato


La calidad aumentaría al mismo tiempo que la cantidad disminuiría. Paradójicamente, podríamos alimentarnos de manera más saludable.


6. Lo que no cambiaría: la necesidad de organización

La transición hacia una alimentación sin supermercados exige:

  • Planificación

  • Colaboración entre vecinos

  • Redes locales de producción

  • Espacios de intercambio

  • Cooperativas, huertos comunitarios y mercados de barrio


No es volver al pasado, sino reconstruir un sistema alimentario más humano, más cercano y menos dependiente del petróleo.


Prepararnos empieza hoy

Pensar cómo sería alimentarnos sin supermercados no es caer en alarmismos. Es preguntarnos por la viabilidad real del sistema actual y por cómo reforzar nuestra resiliencia alimentaria. La buena noticia es que la transición ya está en marcha:

  • Cooperativas de consumo

  • Mercados locales

  • Agricultura regenerativa

  • Huertos urbanos

  • Redes de trueque


No se trata de dejar de comprar en supermercados mañana, sino de recuperar el control de nuestra alimentación antes de que las crisis lo hagan por nosotros.

 
 
 

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