Cómo sería alimentarnos sin supermercados
- 16 ene
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Imagina que mañana los supermercados cierran. No por una huelga puntual, sino porque las cadenas logísticas fallan, el transporte se detiene o la energía deja de sostener la maquinaria global que permite que cualquier alimento viaje miles de kilómetros para llegar a nuestra mesa.
¿Cómo sería entonces alimentarnos? ¿Qué cambiaría realmente en nuestra vida cotidiana?
La respuesta abre una puerta incómoda, pero también necesaria: nuestra alimentación depende de un sistema extremadamente frágil, sostenido por petróleo barato, monocultivos industriales y una red global que empieza a mostrar sus límites. Pensar en un mundo sin supermercados no es ciencia ficción; es un ejercicio de anticipación para prepararnos y recuperar resiliencia.
1. Volveríamos a depender de la producción local
La comida ya no vendría de otros continentes ni de huertas situadas a cientos de kilómetros. Lo que comeríamos dependería de lo que pueda crecer cerca de nosotros:
Frutas y verduras de temporada
Legumbres y cereales regionales
Huevos, leche y carne de pequeña ganadería local
Hierbas, plantas silvestres y frutos del entorno
Esto implica una dieta mucho más variable, marcada por el clima y el ritmo natural de la tierra.
2. Comeríamos menos productos procesados
La mayoría de los alimentos ultraprocesados dependen de fábricas, máquinas, aditivos y cadenas logísticas. Sin supermercados:
Adiós a la bollería industrial
Adiós a precocinados, refrescos, snacks y comida envasada
Adiós a la comida lista para calentar
A cambio, volverían los alimentos básicos: pan casero, sopas, guisos, frutas frescas, conservas artesanales y productos hechos en casa o por la comunidad.
3. El trueque y las redes vecinales serían esenciales
Nadie puede producirlo todo. Sin supermercados, la comunidad recuperaría su valor:
Yo produzco huevos, tú cultivas tomates.
Un vecino hace pan y otro conserva fruta.
Grupos de intercambio, ferias locales y economías circulares.
La autosuficiencia total es un mito; lo realista es la interdependencia comunitaria.
4. Recuperaríamos saberes casi olvidados
Para alimentarnos sin supermercados habría que reactivar conocimientos que hemos delegado por completo:
Conservar alimentos: secado, encurtido, fermentación, conserva al vacío
Cultivar la tierra
Criar animales a pequeña escala
Reconocer plantas silvestres comestibles
Gestionar semillas año tras año
Muchos de estos saberes siguen vivos, pero dispersos. Reunirlos será clave para adaptarnos a un mundo con menos energía y menos disponibilidad logística.
5. Comeríamos menos, pero mejor
El sistema industrial nos ha acostumbrado al exceso: comer constantemente, tener de todo, todo el año. Pero la abundancia es insostenible. Sin supermercados:
Se reduciría el desperdicio
Valoraríamos más cada alimento
La comida volvería a ser un bien precioso, no un producto barato
La calidad aumentaría al mismo tiempo que la cantidad disminuiría. Paradójicamente, podríamos alimentarnos de manera más saludable.
6. Lo que no cambiaría: la necesidad de organización
La transición hacia una alimentación sin supermercados exige:
Planificación
Colaboración entre vecinos
Redes locales de producción
Espacios de intercambio
Cooperativas, huertos comunitarios y mercados de barrio
No es volver al pasado, sino reconstruir un sistema alimentario más humano, más cercano y menos dependiente del petróleo.
Prepararnos empieza hoy
Pensar cómo sería alimentarnos sin supermercados no es caer en alarmismos. Es preguntarnos por la viabilidad real del sistema actual y por cómo reforzar nuestra resiliencia alimentaria. La buena noticia es que la transición ya está en marcha:
Cooperativas de consumo
Mercados locales
Agricultura regenerativa
Huertos urbanos
Redes de trueque
No se trata de dejar de comprar en supermercados mañana, sino de recuperar el control de nuestra alimentación antes de que las crisis lo hagan por nosotros.



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